martes, 19 de septiembre de 2017

DOMINGO XXV -A-

1ª Lectura: Isaías 55,6-9

    Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes.

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   El profeta exhorta e invita a buscar al Señor, que es compasivo. Nada ni nadie está definitivamente perdido. El proyecto de Dios es inclusivo. A diferencia de nuestros planes, mezquinos e inconsistentes, los de Dios están impregnados de misericordia infinita.


2ª Lectura: Filipenses 1,20c-24. 27a

    Hermanos:
    Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Pero si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero no sé qué escoger. Me encuentro en esta alternativa: por un lado deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero por otro quedarme en esta vida, veo que es más necesario para vosotros. Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo.

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    Desde la cárcel, Pablo escribe a la comunidad de Filipos. Se sabe una existencia en las manos de Dios. Su opción por Cristo es tan fuerte que le lleva a relativizar las propias cadenas. Morir para estar con Cristo es una ganancia. Sin embargo vivir para anunciar el Evangelio le seduce igualmente. Es la encrucijada existencial de Pablo. Con todo, lo importante, más allá de sentimientos personales es que el Evangelio arraigue en la vida de la comunidad cristiana.

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Evangelio: Mateo 20, 1-16


    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido. Ellos fueron. Salió de nuevo a mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: Nadie nos ha contratado. El les dijo: Id también vosotros a mi viña.
   Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: Estos último han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. El replicó a uno de ellos: Amigo no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los último serán los primeros y los primeros los últimos.

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    Con esta parábola Jesús pone en evidencia a los que criticaban su comportamiento misericordioso con los pecadores. Les dice: “Así es Dios: bueno y compasivo, como aquel amo con los parados y sus familias; y yo actúo así en su nombre”. 
    San Mateo, al incluirla en su evangelio, le da una nueva dirección: los destinatarios son los discípulos (Mt 19,23; 27-28). Y, mediante el añadido del v. 16, moraliza su sentido, acentuando la igualdad de todos ante Dios, para quien no hay primeros ni últimos. Por otro lado, por testimonios colaterales del NT (cf. Gál 1-2 y Hch 15), sabemos de la existencia de una tensión en la primitiva comunidad, mayoritariamente judía, por la entrada de no judíos en la Iglesia. Los planes y los caminos de Dios son más “altos” que lo nuestros.  
    El mensaje de la parábola es claro: teológico -revelarnos a Dios-, apologético -justificar la praxis de Jesús con los pecadores-, y parenético -mostrarnos un camino de vida-.


REFLEXIÓN PASTORAL

    “Mis caminos no son vuestros caminos; mis planes no son vuestros planes (Is 55,8). Estas palabras del profeta son una llamada de atención y también una crítica ante los intentos de configurar la vida personal y social al margen de la fe. Y hasta configurar (o desfigurar) la imagen de Dios.
     El profeta Isaías continúa: “Buscad al Señor...; invocadlo”. Sí; es necesaria esta referencia a Dios, si no queremos empequeñecer el horizonte del hombre. Porque sin ella el hombre es polvo, finitud, mercancía instrumentalizable en función de los más variados intereses.
      Y Jesús vino para reorientar los pasos del hombre en su búsqueda hacia la Verdad, hacia la Vida, hacia Dios. Con su palabra y su persona nos descubrió el verdadero rostro de Dios. Uno de cuyos rasgos nos muestra el evangelio de este domingo. A primera vista, esta parábola resulta un tanto chocante, hasta parecer injusta. Pero, meditada con atención, veremos que es chocante, pero no injusta.
       La parábola, en primer lugar, enfoca a Dios. Un Dios que no funciona con criterios empresariales, de retribución mecánica, sino con criterios de misericordia y gracia. Un Dios integrador, que está saliendo constantemente a buscar al hombre para integrarlo en su Reino. Un Dios sin horas fijas, que siempre ofrece nuevas oportunidades para integrarse en su proyecto. Un  Dios para quien no hay primeros ni últimos, sino que todos son hijos. Un Dios que quiere que el hombre mire al hombre no como un competidor, como merma de sus derechos y posibilidades (Mt 20,12), sino como hermano, con buenos ojos... Por eso, también, en segundo lugar, la parábola juzga los comportamientos humanos.
    ¿Pero este Dios así, es un Dios justo? ¿Entonces, para qué esforzarse tanto y durante tanto tiempo? Si pensamos así; si nos cuesta comprender este proceder de Dios, es que nuestro interior no es bueno: “¿Vas a tener envidia porque soy bueno?” (Mt 20,15).
     Cuando la felicidad ajena nos haga felices, habremos alcanzado la madurez y la libertad verdaderas. Eso demostrará que la proximidad al Señor  nos ha permitido conocerle mejor y, consiguientemente, experimentar su amor. Pero si, por desgracia, somos duros de corazón, si su proceder generoso y misericordioso nos escandaliza y  entristece, quiere decir que, a pesar de haber estado tanto tiempo cerca, aún no le hemos conocido, porque el que no ama, no conoce a Dios, porque “Dios es Amor” (1 Jn 4,8).
    San Pablo, por su parte nos ofrece un testimonio de lo que es una vida seducida por Jesucristo. Jesucristo es su proyecto vital. Vive y convive con Cristo; existe y coexiste con Cristo; siente y consiente con Cristo. Su vida queda configurada con la de Cristo (Rom 6, 1-11). Una configuración que redimensiona a la persona entera: sentimientos (Flp 2,5ss) y mentalidad   (1 Cor 2, 16). Pero esto no le aísla de los hermanos. También por ellos siente un profundo amor. Y más allá de cualquier otra cosa, tengamos presente la exhortación con la que concluía el texto que hemos leído: “Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo”.    

REFLEXIÓN PERSONAL      
.- ¿Cual o quién es el porqué de mi vida?
.- ¿Me hace bien el bien ajeno?
.- ¿Abro mis caminos a los de Dios?
   

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 14 de septiembre de 2017

DOMINGO XXIV -A-

 1ª Lectura: Eclesiástico 27-33-28,9

    El furor y la cólera son odiosos: el pecador los posee. Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados? Piensa en tu fin y cesa en tu enojo, en la muerte y corrupción y guarda los mandamientos. Recuerda los mandamientos y no te enojes con tu prójimo, la alianza del Señor y perdona el error.

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       Para un creyente la referencia es el Señor. No será el Señor quien condene: ha puesto en manos del hombre las claves de su evaluación final: Perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. Perdónanos como nosotros perdonamos. El futuro del hombre pasa por el perdón de Dios, y este pasa por el perdón fraterno. La lección es sencilla, aunque no cómoda.

2ª  Lectura: Romanos 14,7-9

    Hermanos:
    Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor. Para eso murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos.

                            ***             ***             ***

    La existencia del cristiano debe ser existencia “cristiana”: desde el Señor y para el Señor. En estas frases condensa Pablo lo más radical de la fe: vivir para el Señor. Él debe ser la referencia unificadora de la vida. De ahí la consecuencia: “Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor 10,31), “con toda el alma, como para el Señor” (Col 3,23). 


Evangelio: Mateo 18, 21-35

    En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?
    Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
    Y les propuso esta parábola: Se parece le Reino de los Cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y agarrándolo lo estrangulaba diciendo: Págame lo que me debes. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré. Pero él se negó y fue lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

                            ***             ***             ***

    El texto mateano, remontándose a la enseñanza y la praxis de Jesús, sin embargo contempla ya la situación problemática de la comunidad en el tema del perdón. La expresión de Pedro: “Si mi hermano…” tiene connotaciones eclesiales.
    La parábola pretende enfatizar la misericordia de Dios, que no es indiferente al pecado (la mala gestión del empleado), pero que no lo absolutiza, lo único absoluto en él es el amor y la misericordia. La reacción ante el siervo despiadado es expresión de que a Dios le afectan las relaciones interhumanas. Y nos invita y urge a “perdonaros mutuamente como Dios os perdonó en Cristo” (Ef 4,32).
   Cuando Dios no duda en perdonarnos los diez mil talentos de nuestra deuda (unos 100 millones de denarios), nosotros nos resistimos a perdonar al hermano los cien denarios (calderilla) que pueda debernos.


REFLEXIÓN PASTORAL

    “Si vivimos, vivimos para el Señor”. Una afirmación que hoy todos deberíamos acoger, dejándola resonar en nuestro interior y profundizando sus consecuencias.
    Urgidos por tantas cosas, inmersos en lo inmediato, frecuentemente perdemos la justa perspectiva de la realidad. Absolutizamos lo relativo y relativizamos lo absoluto.
    Como creyentes no podemos perder la conciencia de nuestra referencia primordial al Señor. Cristo no puede ser un supuesto implícito, distante de nuestra existencia, sino una realidad patente. Hemos de vivir de tal manera que los que se encuentren con nosotros se den cuenta de que nosotros nos hemos encontrado con él. A Dios, a Jesucristo, no podemos situarlos en la periferia de nuestra vida, sino en el centro de la misma. No podemos dedicarles solo el tiempo que nos sobra, sino el centro de nuestro tiempo.
    Hay diversos modos de explicar la vida y de organizar la convivencia. Creyente es aquel que en este cometido concede la primacía real a Dios; y creyente cristiano es aquél que reconoce como norma suprema el evangelio de Cristo.
    Y tal reconocimiento es conflictivo, doloroso, porque supone tomar opciones que el mundo no comprende y que hasta rechaza. Y no deberíamos alarmarnos por ello. “Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo” (Jn 15,18-19). Lo alarmante, pues, sería, lo contrario.
    “Si vivimos, vivimos para el Señor”. ¿Pero para qué Señor? Recorriendo las calles de Atenas, entre los altares dedicados a las divinidades del mundo conocido, encontró una con este nombre: “al Dios desconocido” (Hch 17,23). 
     Quizá si san Pablo hoy visitara hoy nuestra Iglesia y nuestra vida podría constatar, a lo peor, en más ocasiones de lo deseable, estamos adorando, rezando y cantando a un Dios, a un Señor desconocido.
    A Dios solo se le puede afirmar en la medida en que se le experimenta. ¿Qué experiencia tenemos de Dios, de Jesucristo? Dios es amor, y el mandamiento de Cristo es el Amor. Y el amor es donación y relación. Dios nunca aísla. Por eso, “vivir para el Señor” no aminora el compromiso humano. El tiempo dedicado a Dios nunca puede ser un tiempo sustraído al hombre, porque en el hombre está Dios, que ha vinculado su suerte con el hombre -“Lo que hicisteis…” (Mt 25,31ss)-.
    La afirmación que el creyente hace de Dios y de su supremacía no es a costa del hombre, porque Dios y el hombre no son incompatibles. Dios no solo ha hecho al hombre, sino que se ha hecho hombre en Jesucristo. La visión del hombre se agiganta cuando se le contempla desde Dios.
    Hoy la primera y la tercera lecturas nos muestran algunas consecuencia de ese vivir para Dios, para el Señor, que no es una evasión espiritualista hacia lo divino, sino una conversión realista a lo humano.
    “¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud del Señor?” (1ª). El diálogo con Dios, la oración, es imposible cuando está roto el diálogo con el hermano. Deberíamos tomar esto muy en serio. Jesús ofreció un criterio fundamental para acercarnos a Dios: “Si al presentar tu ofrenda ante el altar...” (Mt 5,23). Por eso nos enseñó a orar: “Perdónanos, como nosotros perdonamos” (Mt 6,12). Y porque necesitamos un perdón innumerable, como innumerables son nuestras caídas, también hemos de mantener abierta permanentemente nuestra oferta de perdón.
    S. Pedro creía que en esto del perdón, como en todo, debería haber un límite razonable, al menos como estricta obligación moral. Jesús rompe sus esquemas: no hay límites.
    Un perdón inspirado en el perdón de Dios; un perdón cordial; un perdón que no vive atrapado por el recuerdo de la ofensa recibida; un perdón que no es mera estrategia o cálculo interesado; un perdón que implica la reconciliación con uno mismo, con el entorno familiar, social... y hasta el natural; un perdón que no es indiferente ante la verdad y la justicia, sino que las busca enérgicamente, pero siempre con un corazón purificado por la misericordia y la experiencia de perdón de Dios.
     Esto significa vivir para Dios, dejar que el amor, que es la esencia de Dios, nos transforme para que nuestra convivencia sea más fraterna, comprensiva...; porque “el amor espera sin límites, cree sin límites y perdona sin límites” (1 Cor 13,7).
  
REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Es “cristiana” mi existencia?
.- ¿Qué experiencia tengo del perdón de Dios en mi vida?

.- ¿Qué oferta de perdón ofrezco a la vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


miércoles, 6 de septiembre de 2017

DOMINGO XXIII -A-

1ª Lectura: Ezequiel 33,7-9

    Así dice el Señor: “A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les dará la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado: “¡Malvado, eres reo de muerte!”, y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuentas de su sangre; pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida”.

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   La función del profeta es la de anunciar y cuidar pastoralmente de la comunidad. El profeta no es llamado a coartar la libertad, por medio de la presión, sino a iluminarla, por medio de la exhortación. Su servicio a la palabra de Dios es un servicio al hombre, poniéndole en guardia ante posibles desviaciones. El silencio del profeta es infidelidad a Dios y a la comunidad.

2ª Lectura: Romanos 13,8-10

    Hermanos:
    A nadie debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, el “no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás” y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera.

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   El celo pastoral de Pablo halla una de sus expresiones más logradas en estas líneas de la carta a los Romanos: el cristiano es un deudor permanente de amor. Encontramos aquí un equivalente casi literal del texto evangélico de Mc 12,31. El amor no solo es la síntesis, sino la plenitud de la ley.

Evangelio: Mateo 18,15-20


                                                     

    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

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   Nos hallamos ante un claro precepto para uso interno de la comunidad eclesial. Está dirigido a los discípulos. Pretende iluminar desde las palabras de Jesús el ejercicio de la responsabilidad fraterna. Jesús la ejerció con sus discípulos, con los más íntimos -Pedro (Mt 16,23), Santiago Juan (Mt 20,22-23)-, y con los demás apóstoles (Mt 20,24-28. Una corrección discreta -no se trata de abochornar-; no humillante. La llamada a la comunidad es la última instancia, no el primer paso. La corrección no es una delación sino una expresión de amor al prójimo y a la verdad. Y solo puede ejercerse con amor.

REFLEXIÓN PASTORAL

    “A nadie debáis nada más que amor” (Rom 13,8). El amor es la gran deuda del cristiano. ¡Hermosa frase! ¿Pero cómo saldarla?
     Cuando la gran tentación es dar un rodeo para no encontrarse con el problema del otro -“allá cada uno con su vida”-, la Palabra de Dios nos recuerda que no se puede vivir de cara a Dios y de espaldas al prójimo, “porque quien no ama al prójimo, a quien ve, ¿cómo amará a Dios, a quien no ve?” (1 Jn 4,20). Y esta responsabilidad ha de concretarse en la solidaridad, e incluso en la advertencia y la corrección.
    La imagen del profeta como atalaya es muy sugerente (1ª lectura). El pueblo será responsable de su actuación, pero el profeta será responsable de su misión. Y su misión, precisamente, es la de ser atalaya fraterna. La corrección fraterna es un ejercicio responsable de la solicitud por el bien espiritual del hermano.  Es el mensaje del texto evangélico. Un tema que no es fácil ni frecuente.  
    Quizá sea frecuente la corrección, pero Jesús no se queda en urgir la corrección, sino que invita a la corrección fraterna.
    Hemos confundido, frecuentemente y por comodidad, el respeto al otro con la indiferencia. “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” (Gén 4,9). La parábola del samaritano también encuentra aquí su concreción. No pasar de largo, indiferentes, ante los hermanos.  
     La corrección fraterna es un servicio evangélico, que requiere valentía, libertad interior, y limpieza de corazón para no ver la mota en el ojo ajeno sin descubrir primero la viga que uno lleva en el suyo (Mt 7,1-6). La corrección fraterna supone verdadero amor e interés por el bien del hermano y por la verdad.
    Finalmente, apunta el Evangelio, el amor se traduce no solo en corrección fraterna, sino en oración fraterna, en comunión de corazones (vv 19-20). Por eso nuestra oración, la cristiana y la del cristiano, es el “Padre nuestro”, que no es solo un modo de hablar a Dios, sino un programa de vida, un modo de interelacionarnos los unos con los otros. De otra manera mereceremos el reproche de Jesús: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15,8).
Uno que ama a su prójimo no le hace daño” nos recuerda el Apóstol en la segunda lectura. En este mundo de la competencia, en el que nos abrimos paso a empujones y zancadillas; en el que no pocos ascensos se hacen pisando peldaños humanos; en el que el interés y el salir adelante es lo que se cotiza, la palabra de Dios nos invita a una reflexión seria, sincera y a una decisión responsable, porque al final de la vida seremos examinados sobre el amor.


REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Soy comprensivo o indiferente?
.- ¿Siento la urgencia por el bien del hermano?
.- ¿Tengo libertad interior para hacer y aceptar la corrección fraterna?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 31 de agosto de 2017

DOMINGO XXII -A-

1ª Lectura: Jeremías 20,7-9

    Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar “Violencia”, y proclamar “Destrucción”. La palabra de Dios se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: no me acordaré de él, no hablaré más en su nombre; pero la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla y no podía.

                   ***             ***             ***             ***
  
    Nos hallamos ante uno de los textos de las “confesiones” de Jeremías. Seducido por el Señor, el profeta se siente el hazmerreír de todos. Sus advertencias son despreciadas. Siente la tentación del abandono y del silencio. Sin embargo el ardor de la palabra de Dios le quemaba por dentro. Ser profeta no es ser portador de “slogans” populistas. Ser profeta es ser servidor de la palabra de Dios. Es dejarse seducir por Dios.

2ª Lectura: Romanos 12,1-2

    Hermanos:
    Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; este es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto.

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     La existencia cristiana se reduce a un culto formalista, ritual y extrínseco; implica no solo ofrecer sino ofrecerse, hacerse ofrenda, unida a la ofrenda de Cristo. Exige también una profunda renovación interior para discernir, en medio de la baraunda de las propuestas mundanas, la voluntad de Dios. Y comporta también asumir un posicionamiento alternativo y conflictivo a los esquemas del mundo.

Evangelio: Mateo 16, 21-27

                                                
    En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser  ejecutado y resucitar al tercer día.
    Pedro se lo llevó a parte y se puso a increparlo: ¡No lo permita Dios! Eso no puede pasarte.
    Jesús se volvió y dijo a Pedro: Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.
    Entonces dijo a sus discípulos: El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida?  ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

                   ***             ***             ***             ***

    La escena es dura: quien poco antes ha sido “beatificado” como portavoz del pensamiento del Padre (Mt 16,17) ahora es denunciado por pensar como los hombres no como Dios; quien poco antes ha sido calificado como “dichoso”, ahora es presentado como  Satanás… La comprensión de Jesús por parte de sus discípulos no fue fácil: rebasaba sus expectativas. ¿Y no ocurre algo parecido hoy? Jesús no impone, expone las exigencias del seguimiento, por eso invita a una decisión ponderada. El seguimiento es imposible sin la ayuda de Jesús (Jn 15,5), pero él no es nuestro suplente sino nuestro acompañante y guía. El cristiano ha de planificar, pero según las pautas marcadas por Jesús, no según los criterios del mundo.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Los textos de este domingo nos confrontan con unas preguntas y unos planteamientos nada equívocos: los planteamientos de Dios. Planteamientos que frecuentemente rehuimos, quizá porque otros, más  inmediatos, son los que nos ocupan; o porque, vamos perdiendo la conciencia de la propia identidad, convirtiéndonos en contemporizadores y posibilistas. 
    Contra estas posturas nos alerta hoy el Señor. Su palabra no es fácil -nunca lo fue-. Pedro, al principio, no la entendió, porque pensaba “como los hombres” (Mt 16,23). Sin embargo, quien la acoge como criterio en su vida, experimenta la sensación de Jeremías. Su fidelidad le supuso enormes problemas, pero también encontró en ella la fortaleza  para la lucha, y el consuelo que produce su fidelidad.
     Quien solo aclama la palabra de Dios, no la ha entendido. Porque es espada de doble filo, que penetra hasta el fondo del alma, dejando al descubierto lo más profundo del hombre (cf. Heb 4,12). Y esa Palabra se encarnó en Jesucristo que, ya desde su infancia, fue presentado como una bandera discutida (Lc 2,24). Y en su predicación nos dijo: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo…” (Mt 16,24ss).
     No es una llamada no a la resignación. Jesús no murió en la cruz por resignarse, sino por todo lo contrario, por rebelarse y denunciar el pecado de su tiempo.
     Es una llamada a la madurez de juicio, para discernir, desde la fe personalizada, la voluntad de Dios.
     Una llamada a vivir la fe, no solo ritual sino realmente, convirtiendo en ofrenda a Dios nuestro ser y quehacer (Rom 12,1).
     Una llamada a tomar posturas críticas: “No os ajustéis a este mundo” (Rom 12,2). Como creyentes no podemos perder de vista nuestra referencia principal, Dios. Por todo ello, es necesaria esa renovación interior a la que alude san Pablo: “Transformaos por la renovación de la mente” (Rom 12,2).
      Dios, por medio de su Palabra, nos sitúa en una alternativa de libertad y de responsabilidad (Mt 16,24). Pero desde la decisión de seguirle, no deberían quedar espacios para la duda ni la ambigüedad; pues, por encima de todo, nos guía una certeza, que viene de Dios: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí (es decir, la consume en opciones de entrega y amor) la encontrará” (Mt 16,25). Son los planteamientos de Dios: Hay que perder para ganar...         
    El profeta Jeremías abre una pista, desde la que todo puede ser mejor asumido: la seducción.  Dios, Cristo, la Palabra de Dios ¿nos seducen? ¿Los que entramos en las iglesias para celebrar la eucaristía entramos seducidos y, sobre todo, salimos seducidos? Sin esta experiencia, creer en el Evangelio y la evangelización es imposible, o al menos irrelevante.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué conocimiento y qué vivencia tengo de la palabra de Dios?
.- ¿Desde dónde hago los discernimiento en la vida?
.- ¿Según qué prioridades planifico mi vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

martes, 22 de agosto de 2017

DOMINGO XXI -A-


DOMINGO XXI -A-

1ª Lectura: Isaías 22,19-23

    Así dice el Señor a Sobna, mayordomo de palacio: Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día llamaré a mi siervo Eliacín, hijo de Elcías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá. Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. Lo hincaré como un clavo en sitio firme, dará un trono glorioso a la casa paterna.

                                              ***                  ***                  ***
   
    A la pretensión prepotente de este funcionario responde el profeta con la denuncia y el anuncio de su destitución. A Sobna se le había subido el poder a la cabeza: ha pretendido “construirse” un memorial (una tumba) para inmortalizar su figura (Is 22,15-16) y, además, ha realizado una gestión política equivocada y sorda a las demandas del pueblo. El poder es una llamada al servicio, no a satisfacer proyectos personales egoístas. Dios suscitará un nuevo servidor -Eliacín-, que parece tampoco caminó con fidelidad ante el Señor (Is 22,24-25), favoreciendo descaradamente a sus familiares.


2ª Lectura: Romanos 11,33-36

    ¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que él le devuelva? El es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén.

                                            ***                  ***                  ***

     Estos versículos son el final de la reflexión que Pablo hace sobre la actual situación de Israel, de cómo se ha llegado a esta paradójica situación de que el pueblo elegido no hay reconocido a Cristo (Rom 9-11). También para Israel hay espacio. Solo Dios en su sabiduría y providencia conoce y maneja los hilos de la historia. Y Pablo se entrega confiadamente a esa generosidad, sabiduría y conocimiento de Dios. E invita a los cristiano a abrirse a ese plan de Dios, y a no condenar a sus “hermanos” de alianza.

Evangelio: Mateo 16,13-20

                        
    En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y preguntaba a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?
    Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.
    El les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
    Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
    Jesús le respondió: ¡Dichoso tu Simón, hijo de Jonás! , porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.
    Y les mandó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

                                                ***                  ***                  ***

El texto tiene como referente a Mc 8,27-30. Pero introduce un elemento original de la tradición mateana: las promesas a Pedro como depositario de las llaves del reino de los cielos y piedra básica de la Iglesia. La prohibición de no decir a nadie que Jesús era el mesías, obedece a la ambigüedad que rodeaba a ese título. Normalmente asociado a una comprensión triunfalista y de poder, Jesús presenta “otra” muy distinta (Mt 16,21), que ni el mismo Pedro comprendía (Mt 16,22), y que provocó una severa reprensión de Jesús, llamándole “Satanás”. Simón Pedro oscila entre ser designado “piedra” sólida y “piedra” de tropiezo. También Pedro llevaba un tesoro en vasijas de barro (2 Cor 4,7).


REFLEXIÓN PASTORAL

    El entusiasmo inicial en torno a Jesús comienza a decrecer y a despuntar una cierta hostilidad protagonizada por los dirigentes religiosos. ¡Jesús comienza a ser cuestionado! Y esto afecta necesariamente a la confianza del grupo. Para serenar el horizonte, el Maestro decide abrir un breve paréntesis en su actividad, retirándose con los Doce a la región de Cesarea de Filipo. Y lo primero que hace es clarificar la situación: ¿cuál es el estado de la opinión pública? Los discípulos le informan, en realidad solo de la parte favorable, ocultando los movimientos de rechazo generados ya contra él (cf. Mt 9,34; 12,24).
    Pero Jesús va más allá. Le interesa la opinión de los suyos: “¿Vosotros, quién decís que soy yo?” (Mt 16,15). Y Pedro se adelanta, proclamando: “El Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).
    Inspirado por el Padre, Pedro ha formulado el núcleo de la fe de la Iglesia. Y Jesús convierte esa fe en la piedra angular de la misma. “Sobre esta afirmación que tú has hecho: ´Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo`, edificaré mi Iglesia” (San Agustín: Sermón 295).
     Sí, el fundamento de la Iglesia no es Pedro, sino la fe de Pedro -Jesucristo-; no hay otro fundamento, pues “nadie pude poner otro fundamento que el ya puesto, Jesucristo” (1 Cor 3,11). Ese ha sido el designio, su decisión más sublime (2ª lectura). La fe en Cristo es la roca sobre la que se asienta la Iglesia, por eso hemos de estar muy atentos a no fundamentarla en otras cosas. Una fe que se acoge, se proclama y, sobre todo, que se concreta en la vida. La Iglesia surge de la fe, y solo puede mantenerse en la fe. “Si no creéis no subsistiréis” (Is 7,9).
     La Iglesia no salva -solo Dios es salvador-, sirve al proyecto salvador de Dios. A ella se le han entregado “las llaves del Reino de los cielos” (Mt 16,1), como a Eliacín le fue entregada la llave del palacio de  David (1ª lectura). Y, partir de ahí, su misión es hacer posible y hacer visible la realidad de ese Reino. La fuerza de la Iglesia es la fe.
    Conocemos la respuesta de Pedro (Mt 16,16), pero no basta; en todo caso, esa respuesta no ha cerrado la pregunta, que sigue abierta y tiene doble resonancia: personal-contemplativa y testimonial-apostólica. Es llamada a descubrirlo personalmente, y a descubrirnos personalmente ante él. 
      No es solo la pregunta por la identidad de Jesús sino por su entidad significativa para la vida. ¿Qué densidad, qué contenido, qué tono aporta ese conocimiento? Pues no basta con saber quién es Jesús, es preciso saber qué significa existencialmente (Lc 6,46; Mt 7,21). Es la primera resonancia, la  personal-contemplativa.  No es la invitación a crear un Jesús a la medida de nuestros deseos, sino a descubrirlo allí donde él ha querido dejar los signos de su presencia (Mt 25,31ss; 1 Cor 11,23-25...). Y puesto que ese conocimiento y reconocimiento no es conquista humana sino revelación del Padre (Mt 16,17), tal pregunta nos llevará, necesariamente, al mundo de la oración.                                                 Pero la pregunta contiene una resonancia ulterior: ¿Quién decís que soy yo a los otros? Porque a ese Jesús descubierto personalmente, hay que descubrirlo públicamente. El Cristo conocido debe ser dado a conocer. Y eso llevará, inevitablemente, al centro de la vida, para ser testigos de lo que hemos visto... (1 Jn 1,1), pues no se enciende una luz para ponerla bajo de un celemín (Lc 11,33). Es la interpelación testimonial-apostólica.
    Ambas resonancias deben ser escuchadas; pues, por un lado existe la tentación de contentarse con imágenes edulcoradas de Cristo y, por otro, la inclinación a privatizar la fe. La fe que no deja huella en la vida es pura evasión, y que el anuncio de Jesús, sin vivencia personal, no es evangelización, sino mera propaganda.  ¿Quién decís que soy yo? Una pregunta que no solo define a Jesús sino a sus discípulos.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cómo es mi testimonio de Cristo? ¿Teórico o vivencial?
.- ¿Quién es Jesucristo para mí?
.- ¿Con qué pasión lo busco?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 17 de agosto de 2017

DOMINGO XX -A-

1ª Lectura: Isaías 65,1.6-7

    Así dice el Señor: Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar y se va a revelar mi victoria. A los extranjeros que se han dado al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alabanza: los traeré a mi Monte Santo, los alegraré en mi casa de oración; aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios, porque mi casa es casa de oración y así la llamarán todos los pueblos.

                        ***                  ***                  ***                  ***

   Probablemente posterior al regreso del Destierro, este oráculo, fiel a la tradición universalista de los grandes profetas (cf. Is 45,14ss), proclama a un Dios abierto, sin fronteras étnicas ni políticas. Para los prosélitos (extranjeros convertidos al judaísmo) también están abiertas la puestas de la Casa de Dios, una casa que es casa de oración. Para entrar en ella es suficiente amar el nombre del Señor, practicar la justicia y perseverar en su alabanza.   

2ª Lectura: Romanos 11,13-15. 29-32

    Hermanos: A vosotros, gentiles, os digo: Mientras sea vuestro apóstol, haré honor a mi ministerio, por ver si despierto emulación en los de mi raza y salvo a alguno de ellos. Si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Vosotros, en otro tiempo, desobedecisteis a Dios; pero ahora, al desobedecer ellos, habéis obtenido misericordia. Así también ellos que ahora no obedecen, con ocasión de la misericordia obtenida por vosotros, alcanzarán misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Nada ni nadie está definitivamente perdido. Pablo hace una lectura peculiar del alejamiento provisional de Israel. Todo forma parte del designio salvador de Dios. Los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Dios es fiel, y no se desdice ni se olvida. Esta certeza alimenta la fe del apóstol respecto de sus hermanos judíos. Si el actual “rechazo” ha producido tanto fruto a los paganos, ¿qué ocurrirá el día de su “reincorporación”? Por eso invita a no levantar fronteras ni a atrincherarse tras ellas: nada de anatemas; hay que recuperar el lenguaje del amor y la misericordia comprensiva.

Evangelio: Mateo 15,21-28
                                                       

   En aquel tiempo, salió Jesús y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.
   Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se acercaron a decirle: Atiéndela que viene detrás gritando.
   Él les contestó: Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.
   Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas: Señor, socórreme.
   Él le contestó: No está bien echar a los perros el pan de los hijos.
   Pero ella repuso: Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.
   Jesús le respondió: Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.
   En aquel momento quedó curada su hija.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Tres momentos pueden detectarse en este relato: narración, instrucción y corrección. Comparado con el paralelo de Mc 7,24-30 se advierten algunos matices peculiares. Jesús, tras la disputa con los fariseos (Mt 15,1-20), sale a tierra extranjera. Y allí tiene lugar la escena, protagonizada por el drama de una madre pagana. Aparentemente Jesús se mueve dentro de los cánones de la ortodoxia judía, pero obrando así pone al descubierto la inhumanidad del sistema. Los mismos discípulos, aunque por otros motivos le piden que atienda a esa mujer. Finalmente, Jesús salta las fronteras y realiza el milagro, porque allí, en aquella mujer, había una grande fe. Es la narración. A partir de ahí el relato se convierte en instrucción a una comunidad de cristianos provenientes de judaísmo que miraban con prejuicios y reticencias la apertura a los paganos, y, finalmente, puede leerse también como una corrección de conductas aislacionistas y sectarias, mostrando cómo Jesús se acercó a todas las personas, superando fronteras geográficas y religiosas.

   
REFLEXIÓN PASTORAL

    No hay limitaciones geográficas ni étnicas al amor de Dios. Jesús traspasa todas las fronteras (Ef 2.14). Dios no discrimina, y nos urge a no discriminar (1ª lectura). Es, también, el mensaje de la segunda lectura: “… pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos” (Rom 11,32); no hay méritos que justifiquen su amor. Es gratuito.
     La vía de acceso a Dios está abierta a los que guardan el derecho y practican la justicia (Is 56,1; Hch 10,34-35), y a los que creen.
     ¿Y qué es creer? No es solo saber y aceptar intelectual y afectivamente unas verdades; hay que acogerlas efectivamente, o, mejor, hay que acogerse efectivamente a la Verdad, dejarse inundar por ella. Creer es integrar la vida en el designio de Dios -“Señor, ¿qué quieres que haga?” (Hch 22,10)-, e integrar el designio de Dios en la vida -“Hágase en mí, según tu palabra” Lc 1,38)-. La fe es acogida y entrega; recepción y donación.
      Es aceptar sin reticencias el señorío de Dios en la vida. Recrear cada día, en el horizonte concreto del hermano, el amor con que Dios nos ama (1 Jn 4,16). Amor misericordioso, que no espera a que seamos buenos para amarnos, sino que nos hace buenos al amarnos; por eso es creador y redentor.
     Mensaje que adquiere toda su fuerza en esta escena evangélica: Jesús entra en contacto con lo heterodoxo: tierra extranjera y mujer extranjera, que le suplica no con oraciones rituales sino con gritos de dolor. Los discípulos, queriéndo deshacerse del problema, le piden que intervenga. Jesús da una respuesta desconcertante: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel” (Mt 15,24). Con ella, más que expresar sus sentimientos personales, Jesús parece subrayar lo ridículo que son los sectarismos y apriorismos del judaísmo.
    Cuando, postrada a sus pies, la mujer le suplica, con el corazón roto, por la salud de su hija, Jesús continúa en el mismo tono de la ortodoxia judía: no hay que desperdiciar el pan de los hijos. Y la mujer, madre sobre todo, asume la aparente matización, porque no está allí para discutir de privilegios, sino para arrancar de Jesús la curación de su hija. Está dispuesta solo a las migajas.
    Y, ante la fe de aquella mujer, Jesús parece desmoronarse. Y  aquí es donde quería llegar Jesús: la fe no tiene fronteras. Y esa fe arranca el milagro, pero sobre todo una gran lección: “Mujer, qué grande es tu fe” (Mt 15,28), porque “todo es posible para el que cree” (Mc 9,23).
     Y ¿qué es la fe? Para hablar de la fe en Dios, primero hay que considerar la fe de Dios, porque Dios es creyente, y modelo de creyentes.
    Como el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero (1 Jn 4,10), tampoco la fe consiste en que nosotros hayamos creído en Dios, sino en que El ha creído primero en nosotros. Porque Dios es Amor y Fe. Y ese Amor y esa Fe son el amor y la fe que nos salvan, y que nos urgen.
    El creyente no es un conquistador; es solo, y nada menos, un ser descubierto por Dios, y un  descubridor agradecido de las huellas de Dios, que siempre le precede (Sal 139). Antes de ser creyente, el hombre ha sido creído, y fue Dios el primero que creyó en él, hasta crearlo y entregarle su creación (Gen 1,27-29).        
    Y no fue éste su último acto de fe. A pesar del hombre, de su pecado, Dios siguió creyendo en él hasta hacerse hombre. Jesucristo es la profesión más perfecta de la fe de Dios en el hombre, por eso es también la formulación más perfecta de la fe del hombre en Dios. Es a esa fe a la que adhirió la cananea y a la que nos adherimos nosotros.

 REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cómo es mi fe? ¿Teórica, ritual…? O ¿creativa, vivencial e interpelante?
.- ¿Con qué la alimento?
.- ¿En qué la concreto?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.




martes, 8 de agosto de 2017

DOMINGO XIX -A-

1ª Lectura: 1 Reyes 19,9a. 11-13a

    En aquellos días llegó Elías al monte de Dios, al Horeb, se refugió en una gruta. El Señor le dijo: Sal y aguarda al Señor en el monte, que el Señor va a pasar.
    Pasó antes del Señor un viento huracanado; que agrietaba los montes y rompía los peñascos: en el viento no estaba el Señor. Vino después un terremoto, y en el terremoto no estaba el Señor. Después vino un fuego, y en el fuego no estaba el Señor. Después se escuchó un susurro. Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la gruta.

                   ***             ***             ***             ***
     Elías, perseguido, abandona el territorio de Israel y peregrina al Horeb, el lugar donde Dios se reveló a Moisés. Es un gesto de denuncia y de vuelta a lo original. Allí espera al Señor. Pero Dios le sorprende: se hace presente no desde las manifestaciones teofánicas tradicionales; escoge el susurro como signo precursor de su presencia. Dios no está circunscrito a “lo oficial”. Allí al profeta se le encomienda una misión más arriesgada que las que ha tenido que afrontar hasta entonces, pero no estará solo, Dios estará con él.

2ª Lectura: Romanos 9,1-5

    Hermanos:
    Como cristiano que soy, voy a ser sincero; mi conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento. Siento una gran pena y un dolor incesante, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza y sangre, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo. Ellos descienden de Israel, fueron adoptados como hijos, tienen la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de quienes, según lo humano, nació el Mesías, el que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.

                   ***             ***             ***             ***

    Ante los cristianos de Roma Pablo no oculta lo que es su drama personal. Siente profundamente en su alma el rechazo del pueblo judío a la persona y al mensaje de Jesús. Convirtiéndose a Cristo, él no ha renunciado a sus “hermanos”. Se identifica con su valiosa herencia; solo siente que no se hayan abierto al “alma” de esa herencia, Jesucristo. La fidelidad al Evangelio no le convierte en enemigo de los que lo rechazan o desconocen. Es el reto permanente de su vida: acercarlos al conocimiento de Cristo.  


Evangelio: Mateo 14,22-33

                                                  
    Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.
    Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por la olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma.
    Jesús les dijo en seguida: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!
    Pedro le contestó: Señor, si eres tú, mándame ir a ti andando sobre el agua.
    Él le dijo: Ven.
    Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame.
    En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?
    En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: Realmente eres Hijo de Dios.

                   ***             ***             ***             ***

     Tras el milagro de los panes, Jesús despide a los discípulos y se despide de las gentes. Ya solo, se retira al monte a orar. La oración es esencial en la vida de Jesús. Desde ese “faro” de la contemplación sigue la travesía de los discípulos. La oración de Jesús no es ausencia ni huida, sino presencia. Es la primera escena.
    La segunda tiene ver con la travesía de los discípulos. Con gran sencillez Jesús aparece cercano a los suyos en los momentos difíciles. El diálogo con Pedro, y sobre todo la pregunta centran el relato. Solo la fe salvará a la barca y mantendrá a flote a los discípulos. Ella es el timón y la brújula que aporta seguridad y orientación a la barca. Se trata de una “parábola” de la travesía de la iglesia en un mar de dudas y de aguas agitadas. Pero el Señor está siempre atento y presente, en medio de las turbulencias.
    

REFLEXIÓN PASTORAL

    La existencia humana reviste, frecuentemente, las características de una travesía no exenta de riesgos y peligros. Si es cierto que, unas veces veces, parece discurrir por parajes encantados y encantadores, no es menos cierto que, en otras, afronta momentos de incertidumbre y angustia. El fragmento evangélico que se proclama este domingo es una referencia iluminadora. También el texto de la primera lectura está en esa línea.
     Elías, campeón de la fe ante una sociedad desorientada política, social y religiosamente, se siente dominado por el desánimo. Ve el deterioro y el rechazo; considera su vida quemada, gastada en una causa justa, sí, pero utópica. Y huye al desierto, refugiándose en una cueva,  pidiendo a Dios que le envíe la muerte (1 Re 19,1-4).
     Elías pensaba que estaba solo, pero Dios estaba con él para llenar de sentido y de esperanza su vida. ¡Elías creyó!
     San Pablo también, en la segunda lectura, dice atravesar por una experiencia profunda de dolor por el rechazo que la mayoría de sus “hermanos, los de mi raza y mi sangre” (Rom 9,3) han dado a Jesús y  a su Evangelio. Pero tiene esperanza que esa situación acabará por revertir e Isarael reconocerá a Jesús como el Mesías, porque Dios es fiel.
     El relato evangélico nos presenta no ya a un hombre solo, sino a una barca llena de hombres, y llenos de miedo y de dudas. Sabemos que esa barca significa para el evangelista san Mateo la Iglesia.
     En su travesía, la barca de la Iglesia, surcará aguas agitadas -las está surcando-; necesitará manos expertas que la guíen, pero, sobre todo, necesitará confiar en el Señor, pues aunque camine por cañadas oscuras (Sal 23,4) y se agiten los mares con su furia (Sal 93,4), Dios es el Enmanuel (Is 7,14).
      En la vida tranquila, creer en Dios y en Cristo, resulta fácil. Cuando todo sucede a la medida de nuestros deseos, nos sentimos invadidos por la presencia de Dios. Nos sentimos bendecidos. Nadar y navegar a favor de la corriente es cómodo.  Pero llegada la tempestad, el viento contrario, la noche del sufrimiento físico, del fracaso profesional, del problema familiar, de la ancianidad, de la soledad…, sentimos el vacío y hasta el abismo abierto a nuestros pies. Y nos preguntamos ¿dónde está Dios?, ¿podrá sacarnos de estas aguas turbulentas? Y estamos expuestos a caer en la tentación de pensar si nuestra fe no habrá sido solo una fantasía, y Cristo solo un fantasma. ¡Y dudamos!
    Y dudar no es malo; porque la duda ayuda a purificar certezas irreflexivas e infantiles. Pero hay que salir de dudas. No podemos permanecer indefinidamente en esas aguas. El milagro, entonces, puede hacerse milagro para nosotros. Basta, y es necesario, que sintamos, que sepamos descubrir la presencia del Señor.
   Todos hacemos nuestra peculiar y personal travesía por ese mar de dudas. Sus aguas no sólo bañan las costas de nuestras vidas, sino que a veces las azotan e inundan, cubriéndolas con su inquietante oleaje de preguntas y temores.
         “¿Por qué has dudado?” (Mt 14,31).  Esta pregunta de Jesús a Pedro no es solo una recriminación a la incredulidad, sino una invitación al análisis.
¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?” (Lc 24,38), preguntó Jesús a sus discípulos, confusos después de su muerte y resurrección.
         ¿Por qué surgen dudas en nuestro interior? Quizá porque no hemos salido de él, encerrados en nuestros egoísmos y temores. Quien toca o  abraza con fe la Cruz de Cristo; quien hace la experiencia de amar como Dios manda, o mejor, como Dios ama, supera todas las dudas. Y aborda decisiones profundas, como hubo de hacerlo Pablo. Su opción por Cristo configuró su existencia, llevándole a un tránsito existencial: del integrismo judío al seguimiento radical de Jesús.
         Hay que salir de dudas; para eso hay que salir de uno mismo y tomar la mano que Cristo nos tiende, aunque notemos en ella la señal de los clavos. Es la prueba más cierta de que esa mano es la suya.
 
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué espacio tiene la oración en mi vida?
.- ¿Qué tipo de oración?
.- ¿De dónde provienen las dudas de mi interior?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap